Todo ha cambiado

Y no ha hecho más que empezar

Antes de despedir este mes, aniversario de su muerte, y de enfrentarme al viaje de regreso a mis raíces, quería rememorar a mi padre. Ese al que nunca llegué a conocer y del que ni siquiera tenía recuerdo de su rostro, pero que siempre llevo conmigo, porque yo soy él y él soy yo de la manera más bonita e inesperada que ni en mis mejores fantasías podría haber llegado a imaginar.

Hace un año empecé a reconocer su pérdida después de haberlo encontrado a finales de 2020. Sentir por primera vez que había existido, después de tantos años de soledad y de una identificación a medias con todo lo que me rodeaba, hizo que despertase de golpe. Como de una pesadilla.

La sacudida y el susto fueron tal que rompí con todo. Los patrones y mecanismos que había estado usando para sobrevivir jamás me permitieron ver que había crecido sin mi padre ni mi madre. Había crecido con unas figuras parentales que pretendían mi independencia de todo el mundo salvo de ellos. No teniendo ellos mismos otros recursos que los que habían recogido de su propia crianza, jamás pude sentirme aceptada por ser quién era y mucho menos quererme a mí misma.

Esta lucha tan dolorosa por encontrar mi identidad y mi lugar en el mundo me han llevado a aprender a dibujar el contorno de lo que siempre había querido: poder separar mi propio bienestar emocional y físico del de los demás. La hipervigilancia, mi propia sobre protección y vivir en piloto automático me han arrastrado por años muy oscuros de mi vida y solo ahora empiezo a ver la luz.

A veces, al contar mi historia y al reflexionar sobre el proceso de sanación de mis más profundas heridas, hacía hincapié en que ya se venía cocinando. No hubo un super evento desencadenante de la separación. Más bien una acumulación. El desbordamiento mental y físico de mis propios límites. Sin embargo, al echar la vista atrás y recordar la primera vez que vi la foto de mi padre, sentí un alivio que solo lo puedo comparar con la impresión al meterse en el agua. Primero de shock. Después, una sensación de paz, de tranquilidad. De que todo está en su sitio.

Al ser una persona blanca adoptada por personas blancas, mi experiencia en muchos aspectos ha sido la de la asimilación completa debido a que no había ningún aspecto que nos diferenciase. El hecho de no pertenecer quedaba opacado por nuestras similitudes, creencias y gustos. Durante años me presentaba como persona adoptada sin saber muy bien por qué. Me presentaba así para diferenciarme, pero sin encontrar nada a lo que agarrarme al otro lado. Y el abismo que se presentaba ante no tener respuestas ni referencias de ningún tipo eran tan grande y terrorífico, que recoger la cuerda otra vez era más sencillo que desafiar todo lo que me habían contado.

La nada es el terror y la soledad la acompaña. Ambas tiraron de mí en mi despertar cuando por fin me enfrenté al dolor de crecer sin mis padres. Sin reflejos, sin historia, sin principio. Deseé con tantas fuerzas no sentir nada que no existir se convirtió en una posibilidad, una idea. Una ensoñación sobre como sería mi vida sin ese agujero negro que ha habitado en mí desde que tengo uso de razón. Desde aquél día en el que enterramos a mi padre. Desde aquel día en que mi madre nos dijo: «Vuelvo en una hora», y jamás regresó.

Sé que mi identidad no la conforma solo mi propia genética ni los parecidos ni la cultura con la que he crecido o de la que provengo. Soy todas esas cosas y ninguna a la vez. En cambio, afrontar el aislamiento que la adopción/este tráfico ha impuesto en mi vida, ha supuesto enfrentarme a mis propias emociones, con las que nunca había lidiado porque la supervivencia era el único fin. Regresar a Colombia significa enfrentarme a mis miedos y a todo lo que llevaba escondido todo este tiempo.

Ver una cara amiga, mi origen, fue abrir los ojos. Ver la cara de mi padre por primera vez fue como arroparme a mí misme. Rodearme de mi comunidad y los míos. El abrazo de mis ancestros. Todos llamándome para que mirara hacia dentro. Para que vivir en mi cuerpo doliera menos. Para que estuviera en paz conmigo misme. Para poder amar quién he sido durante todas las etapas de mi vida y crecer alrededor de todas las pérdidas que me han acompañado. Para aceptar que todas mis partes solo querían protegerme y que siempre he sido suficiente para mí.

El miedo se disipa poco a poco, pero ya no estamos soles. Ahora hay hueco para mucho más. Ahora soy yo mi propio reflejo. Todo este espacio que hay dentro es para mí.

I’m a teen again

Esto es por y para mí

Voy a compartir algo que nunca pensé que estaría preparada para hablar de ello en público. Tenía tanto miedo de enfrentarme a esta carga y pesaba tanto, que casi acaba conmigo. Hablar sobre mi historia de adopción y de crianza están tan interconectadas que en mi cabeza se confundían y no sabía como separarlas.

Una vez me tomé el tiempo para examinar ambas, cosa que no pude hacer mientras estaba sobreviviendo, he descubierto el daño que por separado han hecho cada una. Sé que no soy la única cuando hablo de estas experiencias porque esta ha sido la realidad para más personas adoptadas/desplazadas de las que me gustaría afirmar, y por ello me gustaría hacer saber a los que todavía están en proceso de nombrar y dejar salir todo el dolor relacionado con su familia adoptiva, no estáis solos.

A finales del año 2020 encontré a la familia de mi padre, después de haber hallado a mi madre sana y salva en febrero de 2018. Al encontrar al otro lado de la cuerda quiénes eran mi origen y mi reflejo algo se desbloqueó dentro de mí. Empecé a atar los cabos y a comprender lo cautiva que había estado durante todos estos años.

Para ello necesité el apoyo y la validación de personas que habían vivido lo mismo que yo y venían de circunstancias parecidas. Primero busqué grupos de personas adoptadas de Colombia y en enero de 2021 fue cuando compartí por primera vez parte de mi historia. La aventura y desgarro que había sido encontrar por mi propia cuenta y riesgo a mi familia.

Fue mi despertar. Darme cuenta de que había otros como yo me hizo comprender que había algo que no encajaba en la vida que había llevado hasta ese momento. Todavía sigo creciendo, definiendo mi identidad y explorando todos los aspectos que no pude siquiera prestarles atención porque había otro propósito en el centro de mi vida. Había otras personas que no eran yo.

Estos fueron mis padres adoptivos. Mi modo de supervivencia fue vivir para ellos y los demás. Tan aterrada estaba de encontrarme sola otra vez como me sucedió cuando tenía cinco años, que mi cerebro quedó programado para sobrevivir a toda costa, a cualquier precio, sin importar a lo que tuviera que renunciar.

Lo que no pude ver durante todos estos años es que el coste era mi identidad, quién soy y quién quería ser. Ahora me doy cuenta de todo lo que tuve que hacer para adaptarme a este nuevo entorno que se suponía era mi nuevo hogar.

En cuanto empecé a compartir mi historia descubrí que muchas otras personas habían acabado en familias adoptivas abusivas o que habían crecido rechazando su origen adoptivo y teniendo que cumplir el papel del hijo biológico de personas de las que no habían nacido, haciéndose cargo de las necesidades emocionales de los adultos. Una vez descubierta mi voz y lo que me había pasado no pude callar por mucho tiempo más.

Las cosas nunca habían ido bien en nuestra familia disfuncional, donde hubo maltratos físicos y psicológicos, favoritismos, triangulación para cambiar el comportamiento de alguna de nosotras o la estigmatización de la oveja descarriada simplemente por mostrar signos de independencia. Hacía ya tiempo que me había cansando de su manipulación a través del dinero o de cosas esenciales como el vestido o la comida o el chantaje emocional y la victimización. No conocían otra forma de relacionarse con nosotras, sin embargo, eso no les hacía menos responsables por todo lo que habían hecho y yo no pude soportar ni un segundo más la farsa que era llamarnos familia teniendo un vínculo tan traumático con ellos. Nunca llegué a vincularme emocionalmente con ellos, especialmente con la persona que necesitaba de forma acuciante que fuera llamada “mamá”.

Decidí entonces distanciarme de ellos. La comunicación era cada vez más escasa, hasta el punto de cortar cualquier comunicación directa. El paso para ofrecerme este espacio para mí fue a través de una carta que empezó por nueve páginas hasta llegar a las veinte. Comencé a escribirla en febrero y en marzo salió de mis manos. Las pesadillas no cesaron durante las tres semanas que tardé en tenerla lista.

Fue una liberación. Como deshacerme de un peso que llevaba a cuestas tanto tiempo que ya ni sabía cuando lo había hecho mío. Había vivido para ellos durante toda mi vida sin saber por qué. Ellos habían sido la fuente de reconocimiento y validez por tantos años que tomar ese lugar por y para mí desequilibró toda mi vida y todos los aspectos en los que habían influenciado de esa manera tan dañina. Religión, estudios, elecciones de pareja y amigos que me llevaban al extremo para poder reafirmarme.

Después de haber tirado del hilo, he desentrañado lo que hay detrás de todo este horror. Ellos también fueron producto de esta industria, al igual que las personas adoptadas. Los padres adoptivos son creados e incentivados en ese paradigma de que la autorrealización procede de tener descendencia, de que has de pasar tus valores o satisfacer las necesidades a las que uno no tuvo acceso a través de la siguiente generación. Que formar una familia es un deber y que los hijos son una extensión o proyección de los adultos y debemos cumplir la función de contentar a quienes nos han proporcionado la vida.

A pesar de ver estas realidades y haber apartado todo el odio y la culpabilización que sentí hacia mi madre durante todos estos años por nuestra separación, ahora estoy en el camino de aprender a ver a estas personas que me criaron como el producto que también son de esta cultura de la adopción. Una cultura que utiliza a la infancia para que nos convirtamos en consumidores en la parte privilegiada del mundo y no seamos malgastados en nuestros países o familias empobrecidas. Todos al servicio de esta industria, no de nosotros mismos.

Sin embargo, esta verdad no menoscaba el compromiso de estos adultos que debían cuidarnos y en cambio proyectaron sus propias inseguridades sobre nosotras. Su obligación nació de una elección y no me cansaré de repetirlo. A los hijos que crecen dentro de sus propias familias nunca se les exigirá que estén agradecidos por no haber sido abortados o abandonados. Nunca se les pondrá la carga para que elijan entre miembros de sus familias. Igual que una persona puede querer a más de un hijo, a ambos padres o a sus hermanos, las personas adoptadas tienen derecho a conocer y querer tener un vínculo afectivo con su primera familia. Basta de demonizar a quienes son parte de nuestra familia, porque eso nos demoniza a nosotros también y crecemos creyendo que no somos dignos del amor sino de la soledad.

Who am I?

Something is missing

He aquí la madre de todas las preguntas. He aquí la pregunta a la que no todas las personas adoptadas tienen acceso por la falta de información básica para siquiera empezar a contestarla. He aquí la respuesta interminable y en constante construcción.

Es una de esas preguntas que, si tienes la suerte de crecer dentro de una familia que respeta al niño y la persona que está enfrente de ellos sin intentar cambiarlo, no sin dificultades, podrás llegar a responder o al menos esbozar su contorno.

Cuando hablamos de adopción, sin embargo, nos enfrentamos ante una de las grandes incertidumbres en el desarrollo de la identidad que pueden llegar a experimentar las personas adoptadas, por la falta de esa información y de representación.

¿Y qué es la falta de representación cuando te ves forzado a crecer rodeado de personas que no se parecen a ti?

Es nada más y nada menos que la privación de poder verse a uno mismo fuera de la idea, imagen o papel que se supone que las personas adoptadas deben interpretar.

La visión que tiene la adopción es muy cerrada, restrictiva, que no deja espacio para otro tipo de vivencias ni el cuestionamiento de sus aspectos opresivos, incluidos padres adoptivos, trabajadores sociales, agencias de adopción y las entidades públicas que proporcionan las formaciones en adopción.

La cultura de la adopción se alimenta sola y es hora de hablar de como se nos representa en la sociedad. ¿Habéis oído hablar de las personas adoptadas fuera de la narrativa de la adopción que salva y está basada en el amor? ¿Habéis oído hablar de otra cosa que no sea la adopción como una forma más de crear una familia? ¿Alguien ha oído hablar sobre la adopción como evento traumático en la vida de un niño? ¿Alguien ha oído hablar de la abolición del actual sistema de protección de la infancia cuando hablamos de acogida y adopción? ¿Por qué será?

La realidad es que la falta de representación es la que impide que el cuestionamiento del sistema sea conocido por las mismas personas adoptadas y por la sociedad en general. Esto sucede precisamente por la retroalimentación polarizada y única que recibimos de la cultura de la adopción. Así sucede en el caso de la nula referencia a personajes adoptados, en el cine o las series, que no encajen con el agradecimiento total o el rechazo extremo y patológico al mundo adoptivo, incluyendo las películas de terror donde las madres de las personas adoptadas o estas mismas son caracterizadas como trastornados o entidades sin compasión.

¿Cuántas veces hemos visto que el personaje central sea una persona adoptada que critica el sistema? ¿O una trama en la que se cuestione este supuesto sistema de protección que separa familias? ¿O una historia que hable sobre reunificación sin demonizar a nuestras familias o sin poner en el centro los altos y bajos de las personas que deciden adoptar?

Hace poco fui al cine a ver “Madres paralelas”, de Almodóvar. Podía intuir que iba a tener una temática sobre adopción o intercambio de bebés. Al final resulta ser una cinta representativa de colectivos que en esta época y en otras no han sido tenidos en cuenta, como han sido el de las mujeres-madres trabajadoras, y en un segundo lugar, el de las personas que perdieron a sus familiares durante la Guerra Civil española. En esta película, las que ocupan un espacio primordial son aquellas que fueron dejadas atrás y que tuvieron que recomponerse tras todas estas pérdidas. Estas fueron las mujeres: parejas, madres, hijas y nietas de los hombres, padres, tíos y hermanos que fueron asesinados y desaparecidos durante el franquismo. Contar una historia como esta y empatizar con ella no nos resulta muy difícil, porque forma parte de la cultura y la historia de este país, donde la familia nuclear y tradicional ha tenido un peso muy importante.

Sin embargo, para hacer énfasis en lo que sienten sus protagonistas, se instrumentaliza un relato sobre adopción. Es posible que a primera vista no nos demos cuenta de lo que sucede, pero la crianza de la persona que no está relacionada de forma biológica con la protagonista es el hilo conductor que se utiliza para hablarnos sobre la pérdida y la memoria histórica. La empatía y la compasión que podemos sentir por esta persona adulta que no tiene referentes biológicos y a la que le faltan piezas de su propia biografía, es alentada a través de las narraciones de parientes y conocidos, a través de fotos, objetos y recuerdos sobre este antepasado que siempre ha sido anhelado y al que la mayoría de personas tiene acceso por haberse criado dentro de su propia comunidad y con todos sus familiares presentes de alguna u otra manera. Una familia como la de todas partes.

Y he aquí el quid de la cuestión. Estas mismas consideraciones no se muestran con la persona adoptada, que pasa totalmente desapercibida y solo es mencionada para hablar de como se siente la protagonista. Esta es solo una señal más de la negligencia y el poco cuidado con el que se tratan nuestras vivencias. Es irónico como en esta película se representa a estos colectivos a los que hago referencia de una manera exquisita, con una compasión y una lectura de la historia que termina con un plano final de los propios personajes puestos en el exacto mismo lugar de las personas desaparecidas. En cambio, esta empatía y saber ponerse en los zapatos del otro desaparece por completo cuando la persona adoptada es nombrada. Cuando la historia gira en torno a ella, las menciones son adulto-centristas, poniendo el foco en los sentimientos y las experiencias de la madre adoptiva, pero en ningún momento en los de la niña o el posible impacto de perder a su figura adulta de referencia y de cuidados, o de las consecuencias de la separación y reunificación con su primera madre. Estas referencias, por el contrario, sí que son tenidas en cuenta cuando esta madre adoptiva se ve desolada por la falta de validación de sus pérdidas y la ausencia de reflejo en relación a su propio padre al que nunca conoció o como le marcó no saber quién era su abuelo, desaparecido en la Guerra Civil.

He aquí mi pregunta, ¿por qué la separación familiar es usada en un sentido pero no en el otro? ¿Por qué las personas que son criadas por los miembros originarios de su familia obtienen este tipo de reconocimiento pero las personas adoptadas no reciben el mismo trato?

La separación familiar es usada a menudo y hasta la saciedad para evocar la simpatía y la empatía de los espectadores. Lo curioso es que este público parece comprender completamente el impacto de una pérdida tan profunda e íntima cuando está viendo una película o una serie, es decir, una ficción que no les toca de cerca. Sin embargo, en nuestro día a día esa compresión se pierde y se desvanece como la niebla y se convierte en algo más solido y parecido a una pesada lluvia de negación, empapada de condescendencia, falta de empatía, incredulidad, invalidación, ira y un largo etcétera. ¿Por qué sucede esto? ¿Qué ha pasado entre ese momento de inmersión en la ficción y la realidad? ¿Qué nos impide ver la pérdida y la soledad que tienen que procesar las personas adoptadas y la invisibilidad en su entorno de crianza?

Arañando la superficie

Quizás, la expectativa y la esperanza estén en que en las películas o las series, la pérdida profunda de la familia se pueda arreglar en dos horas o temporadas máximo, donde el personaje principal acaba aprendiendo una valiosa lección, recibiendo además un bálsamo para su dolor y encontrando su final feliz. No obstante, la separación familiar en la vida real no funciona de esta manera y nunca lo hará. La pérdida no es una ficción de ciento veinte minutos o unos cuantos capítulos. Es un dolor de por vida que fluye y refluye. Muchas personas adoptadas acaban muriendo y las acabamos perdiendo por este motivo. El dolor de muchas de ellas a menudo se topa con este muro de invalidación y el paternalismo sobre como deberían sentirse en el mundo que les ha adoptado.

O quizás, cuando en la vida real alguien nos hable sobre la pérdida y lo corrupto de esta figura, nos enfrente con nuestro propio sistema de creencias, prejuicios o ideas preconcebidas sobre lo que es formar una familia, sobre crianza, la nuestra propia, o sobre otros modos con los que realmente contribuir a desmantelar estructuras opresoras que nos han beneficiado toda la vida: como es el privilegio de acceder al supuesto “derecho a formar una familia”, que se basa en el abuso de poder sobre nuestras primeras familias y las personas adoptadas.

Cómo vamos a responder a la madre de todas las preguntas cuando somos invisibles o constantemente invisibilizados por un sistema que favorece el privilegio de las personas que tienen más recursos que nuestras familias, que borra nuestras identidades para encajarnos en la familia adoptiva y la narrativa de la salvación. Cómo vamos a responder a esta pregunta cuando el objetivo no es la reunificación familiar, no son los recursos parentales o simplemente económicos para poder ser criados dentro de nuestro propio entorno, ni la prevención de la separación familiar o la educación en salud mental y las repercusiones psicológicas de esta a una edad tan temprana.

Esta comunidad que somos las personas adoptadas ha salvado muchas vidas, incluyendo entre ellas la mía. Lidiar con esta salida al mundo exterior con una nueva identidad y visión acerca de la adopción es traumática y re-traumatizante. Enfrentarse a las consecuencias de revisar lo ya vivido y darle un significado a la parálisis que es entrar a una nueva familia sin referencias de ningún tipo y la invisibilidad de nuestras luchas, no vienen solas. Durante muchos meses, incluido este, he sufrido de ansiedad y depresión, teniendo que lidiar con los síntomas del estrés post-traumático (C-PTSD) que producen revivir la separación y la pérdida de mi familia, además de los abusos y la crianza autoritaria dentro de una familia adoptiva que se supone debía cuidar de mí.

Este no es un camino fácil de recorrer, pero una vez que entras en él no puedes simplemente dar media vuelta. Dejar de habitar la superficie de las cosas o dejar de subsistir en piloto automático para comenzar a vislumbrar la persona que podría haber sido o que quiero ser, para mí ha significado empezar a vivir, no solo mi verdad, sino mi propia autenticidad, dejando atrás lo que ya no me sirve. Haber empezado a navegar estas aguas es mi nueva realidad y es algo de lo que no me arrepiento. Elegiría este camino una y otra vez.

Aún queda mucho camino por recorrer con el público en general, pero este dolor no se resuelve en dos horas. Para muchos, es de por vida y solo sé que esa empatía y compasión se podría utilizar de forma consciente y deliberada para escuchar a las personas que deciden compartir su historia y contar por qué cuestionan el sistema y sus herramientas, ese que se usa en pos de “formar tu propia familia”, con una visión donde las personas adoptadas son estigmatizadas si no se adhieren a la visión positiva de la cultura de la adopción.

CARTA II

A mi padre

Ojalá hubiera podido llegar a conocerte.


La primera vez que tuve acceso a mi expediente de adopción, fue uno de los momentos más intensos que he vivido desde que empecé a recorrer el camino de enfrentarme a esta experiencia de vida que han sido la pérdida y la separación de todo lo que había conocido.


En una de las entradas, una trabajadora social describía mi proceso de adaptación. Había anotado como por las noches me despertaba de pesadillas gritando y llorando, llamando por mi papá. Te acababa de perder para siempre dos meses antes de cumplir los cinco años. Cuatro meses después fui separada de mi mamá.


Viajando en el tiempo, tuvieron que pasar veintiocho años para conocer parte de tu historia. Para conocer el tiempo en el que formamos uno parte de la vida del otro.


Mientras crecía, soñaba despierta sobre qué podría haberte pasado y sobre cuánto nos habrías querido. Si todo habría sido diferente si no te hubiéramos perdido en primer lugar. Llegué a odiarte en algún momento por haber desaparecido de nuestras vidas. Llegué a no tener compasión por ti al haber nacido y crecido en una tierra empobrecida y desolada por el conflicto armado y la colonización.


Ahora que conozco tus últimos años de vida y puedo mirar atrás sin que duela tanto, entiendo por todo lo que tuviste que pasar. Y al igual que muchas historias sobre adopción, esta no es diferente cuando hablamos de separación. Sí, yo perdí a mi padre, pero podría haber sido criada por quienes te conocieron. Podría haber sido criada por nuestra familia. En cambio, fui cuidadosamente manufacturada como huérfana, como abandonada y adoptable, para mayor beneficio de los que se benefician de esta explotación.


Pero a pesar del dolor y de descubrir que no estoy sola en esto, al menos ahora puedo pensar en ti. Ahora cuando pienso en ti, papá, siento que pertenezco a este mundo. Antes de encontrarte me sentía a la deriva, como si hubiera perdido toda conexión. Me sentía flotando alrededor de la Tierra, con la cuerda que me ataba a ella cortada en dos. 


Sentía que no existía. Al encontrar a mamá no me vi reflejada en su rostro y su pesar por habernos perdido era tal, que no pude soportarlo, tan acostumbrada estaba a absorber los sentimientos de los demás para sobrevivir a la adopción. Desde que la encontré no dejé de preguntar por ti a pesar de que ya no estabas entre nosotros. No cesé en tu búsqueda. No cesé en poder conectar contigo de alguna manera. Pero el miedo estaba ahí también, agazapado. Si no me parecía a ella y no te encontraba a ti, ¿a quién me parecía yo? ¿A quién pertenecía yo? ¿Conseguiría algún día sentirme no como un fantasma sino como alguien real?


Desde que llegué al otro lado del océano, solo recuerdo una cosa claramente. Invisibilidad. Por fuera parecía que pertenecía a esta nueva familia adoptiva a la que me habían forzado a entrar, esa que tanto esperaba de mí. Esa que quería que cumpliera sus expectativas y que llenara el hueco del hijo que nunca llegaron a tener. Para sobrevivir y ser aceptada tuve que asumir ese rol que tanta aceptación me procuraba desde el exterior, pero que por dentro me comía y era mi borrador.


Recuerdo que cada vez que conocía a alguien, siempre me presentaba como persona adoptada. No había vez que no estableciera mi diferenciación. No conocía otra manera de identificarme. En mis recuerdos era consciente de que venía de otro lugar y que tenía otra familia, pero no sabía nada de ella. Cada vez que contaba que me habían adoptado me sentía un poco más cerca de los míos, pero siempre totalmente desconectada de mi historia, de mis ancestros y de mis sentimientos, pues no tenía respuestas ni puentes que pudiera conectar.


Cuando vi tu foto por primera vez, no sabes que sensación me recorrió el cuerpo. Por fin la cuerda que se había roto y que me conectaba a mi propia existencia se unió formando una sola. Por fin podía agarrarme a ella para sentir que podía volver. Por fin podía respirar. Había encontrado mi reflejo. Había encontrado mi origen. Ese eres tú papá. Con tu misma frente y mentón. Tu misma nariz y boca. Los mismos ojos, la misma mirada.


Qué alivio poder sentir que pertenecía a este mundo. Qué alivio poder contemplarme en el espejo y comprender finalmente por qué contaba cómo había llegado aquí. Necesitaba establecer una conexión con mi pasado y mi propia identidad, esos que con tanto empeño habían intentado hacerme olvidar. Pero cómo no iba a perseguir con todas mis fuerzas, esperando el momento justo, el regreso a mi hogar. Toda una vida de incertidumbre. Toda una vida sin saber quién era ni de donde procedía. Nunca más.


Por eso en este día, solo quiero celebrar que te he encontrado y me he encontrado. Que no volveré a estar sola nunca más, que este es mi viaje y que yo decido hasta donde llegar. Por fin mi vida está en mis manos y puedo mirar atrás sabiendo donde tuve que empezar.


Feliz cumpleaños, papá, aunque no estés aquí, conmigo siempre te voy a llevar.

What is wrong with you?

Esa no es la pregunta correcta

Esto es algo que me he preguntado toda mi vida sin llegar a obtener respuesta. Intentando saber dónde encontrarla o a alguien que pudiera ayudarme a responderla, me di cuenta de que no iba a obtenerla nunca, precisamente, porque no era a mí a quién debía hacérmela ni esa era la pregunta correcta. Y es que la respuesta no estaba en mí, aunque hubiera absorbido interiormente que el problema lo tenía yo por no conseguir adaptarme. No era a mí a quién debía cuestionar, sino a todos aquellos que me impusieron un modo de ver y vivir la adopción, a aquellos que no dejaron espacio más que para una sola visión y una sola familia.

Aunque mi vida representara ese ideal de lo que se supone que debo ser gracias a la adopción, jamás me he sentido cómoda en esa piel, en esta vida adoptada. Después de este largo recorrido que ha sido deconstruir todo lo que creía saber sobre adopción, solo puedo decir que, a pesar de ello, he sobrevivido, y continúo aprendiendo a hacerlo día a día. Porque haber sido adoptada y desplazada no es un suceso en un momento determinado del tiempo. Es para toda la vida. Es algo alrededor de lo que he aprendido a crecer. Algo que está presente y que simplemente no puedo ignorar. Es algo que está vivo y que ha requerido tanta energía que ha llegado a ser agotador incluso respirar.

No deja de fascinarme como se afirma que ser adoptado no es algo que deba definir nuestras vidas. Sin embargo, este tipo de afirmaciones solo confirman lo que ya he vivido en mis propias carnes, y es la falta de reconocimiento de todas nuestras pérdidas, no solo de nuestra familia, nuestra cultura, lengua, comidas, nuestra gente, sino de nuestra propia identidad; que siguen sin ser contempladas como tales, dejándonos en una lucha constante por subsistir en un mundo en el que solo existe la polarización: todo lo que tienes se debe a la adopción, sin ningún tipo de resquicio para la crítica. En mi caso y el de muchos otros, ha sucedido al revés: hemos sobrevivido a pesar de la adopción, no gracias a ella.

La posibilidad de negar o de hacer como que no somos conscientes de lo que ha significado esta experiencia no existe para algunos de nosotros. Es un privilegio que no forma parte de nuestras vidas. Sobrellevar el impacto psicológico que ha supuesto la adopción y el desplazamiento que ello implicaba no es algo a lo que muchas personas adoptadas puedan acceder, no solo por falta de educación sino por la propia invalidación que recibimos de forma generalizada por parte de la sociedad y las instituciones que se supone debían velar por nuestro bienestar.

No hay más que echar un vistazo al lenguaje que hay detrás de la adopción y sus herramientas legales. Cómo se habla de padres biológicos como si fueran simples portadores del material genético o se celebra el día de la adopción sin cuestionar el sistema que falsifica nuestros certificados de nacimiento o deja sin derechos de ninguna clase a nuestras primeras familias, empobrecidas y explotadas para suplir las necesidades del Norte privilegiado. Cómo se habla de experiencias positivas o negativas en la adopción como si debatir sobre la narrativa del agradecimiento y la salvación nos invalidara para ser escuchados.

Cómo las personas adoptadas deben establecer primero el afecto por su familia adoptiva antes de hablar de lo compleja que es su relación con ellos o para poder hablar realmente de lo que les preocupa acerca de la adopción. Cómo se nos cuestiona por querer tener una relación con nuestra primera familia. Cómo pueden pasar a ser simples desconocidos después de haber sido anulados de nuestras vidas.

¿Por qué simplemente no hablamos sin tapujos de lo que hay detrás de este sistema opresivo? ¿Alguien estará dispuesto a escuchar?

Por ejemplo, adentrémonos en esa polarización que obliga a las personas adoptadas a posicionarse acerca de su experiencia. ¿Os han dicho alguna vez aquello de «Solo hablas así de la adopción porque has tenido una mala experiencia»? Sin palabras. Sin espacios. Aquí solo cabe una versión de los hechos.

En base a ese razonamiento tan reduccionista debemos llegar a la conclusión de que el resto de experiencias en adopción tampoco deberían contar: a esos otros que han tenido una experiencia beneficiosa tampoco se les debería prestar atención precisamente porque solo han visto el lado bueno de las cosas. ¿Cuestionarían igual el sistema si hubieran tenido también una mala experiencia? ¿Hablaría así yo de la adopción si hubiera tenido una familia adoptiva respetuosa con mi identidad y mi origen? Entonces, por esta regla de tres, ninguna de nuestras experiencias debería ser compartida. No deberíamos tener voz. Ninguno de nosotros deberíamos ser tenidos en cuenta porque unos hemos sido cegados por el lado que brilla y otros porque nunca hemos llegado a ver la luz. Y vuelta a empezar, el cuento del eterno niño-adoptado, sin posibilidad de crecimiento y siempre bajo el ala sobreprotectora de la adopción.

¿Es justo esto entonces? NO. Claro que no. Ahí es donde radica el problema y la contradicción, incluso cuando esa experiencia de vida como persona adoptada ha sido en un ambiente respetuoso de su procedencia o incluso cuando significó un cambio sustancial que implicaba la vida o la muerte. Sin embargo, no debemos olvidar que en la actualidad la realidad sigue siendo esta. La adopción es una lotería, una donde puedes acabar en una familia adoptiva que respete que perteneces a otra familia y que esté dispuesta a entender lo natural de querer saber tu origen, a quien te pareces y por qué no has podido ser criado con ellos. O todo lo contrario, acabar en un lugar donde debas sucumbir a encarnar el papel del hijo biológico de personas de las que no lo eres y cumplir sus expectativas para ser aceptado. Donde unos han acabado en hogares llenos de amor y aceptación, otros hemos acabado en familias abusivas y maltratadoras, en las que hemos tenido que hacernos cargo de las necesidades emocionales de los adultos que se supone debían cuidar de nosotros.

La polarización reside precisamente en que para que algunos de nosotros pudiéramos tener acceso a todos esos recursos económicos y emocionales que tanto impacto han tenido en nuestras vidas, muchos otros tantos hemos tenido que vivir una pesadilla de la que parecía imposible despertar. El problema reside en que todas esas experiencias que llamamos positivas son un privilegio al que no todos hemos tenido acceso y que además se han construido sobre un sistema opresivo que sigue utilizando herramientas que silencian y borran las voces de las personas adoptadas.

El privilegio de unos ha sido construido sobre el abuso y la opresión de otros. El hecho de que se nos aliente a dejar el pasado atrás con el argumento de “Quédate con el lado positivo o bueno de las cosas” ha implicado hacer a un lado a todos aquellos que no han vivido esa experiencia. Ha implicado silenciarlos. Ha significado el aislamiento para que no molestaran y que solo se pudieran oír experiencias que no cuestionan el sistema. ¿Es que acaso es más reconfortante saber que para que algunos pudieran ser cuidados otros tuvieron que sufrir? Ha significado también perderlos. Las personas adoptadas se siguen encontrando en una crisis vital. No solo de identidad. No solo en su salud mental y emocional. Las personas adoptadas que hemos perdido a causa de las autolesiones, la depresión, la ansiedad y la soledad por no verse representadas son la prueba de que hay algo podrido en la adopción. Hay algo que no funciona bien. Y no somos nosotros.

Para que los que vienen detrás no tengan que ver sus vidas cercenadas y puedan tener derecho a ser criados dentro de una familia, el sistema tiene que cambiar y no podrá ser posible si no se habla de lo que hay debajo de la alfombra. Lo que llevamos por tanto tiempo callando y escondiendo. La adopción es un sistema adulto-centrista tal y como está planteado. Es validante del adulto que quiere formar una familia y es un parche, una tirita que no se ocupa más que de los aspectos superficiales de la crianza, que deja de lado el desarrollo emocional y de nuestra identidad, especialemente cuando cualquiera puede acceder a la adopción para satisfacer sus necesidades de crear su familia sin tener en cuenta que nosotros tenemos nuestra propia ascendencia y nuestra propia historia.

Por otro lado, no es de extrañar. La adopción sigue vendiéndose como un tipo más de familia o una forma de ampliar la ya existente cuando los lazos con nuestra familia son cortados de raíz, cuando nuestra historia es ocultada, cuando nuestros certificados de nacimiento son falseados para que la píldora sea más fácil de tragar. ¿Cómo vamos a ayudar a las generaciones siguientes a vivir en sus cuerpos cuando todos los mensajes son de sumisión al mundo adoptivo? Este sistema necesita ser derruido y tirado abajo. Necesita ser construido de cero y con las personas adoptadas en el centro, porque lo que hay ahora no nos ayuda. Nunca nos ha servido a nosotros, solo ha servido a la parte privilegiada y poderosa de esta relación y eso debe terminar.

Este sistema no está hecho ni pensado para nosotros. Nosotros no somos los defectuosos. Llegar a ver esto no ha sido fácil. Y esto ahora lo sé después de años negándome a mí misma. Ahora lo sé. No hay nada de malo en mí. Por fin algunas de mis partes pueden descansar. Por fin mi yo de siete años aterrorizada o mi yo adolescente siempre enfadada, ya no tendrán que salir a protegerme o a enfrentarse al mundo para defenderme cuando alguien afirme aquello de «Vives en el pasado», cuando decida hablar de lo que he vivido. El problema no está en ti, está en el sistema corrupto de adopción que permite, aunque afecte a uno solo de nosotros, que los niños entren a formar parte de estructuras familiares que no están preparadas para criar a hijos de otras personas.

Adoption, give me a fuckin break

¿Cuántas pérdidas más me sobrevivirán?

Aparte de la pérdida de mi identidad y todo lo que podría haber conocido.

Aparte de la pérdida de mi cultura, la de mis ancestros y los que vendrían detrás.

Aparte de verme reflejada en la boca, la nariz y los ojos de mi padre.

Incluso en su frente y su mentón.

Aparte de las caricias y el cuidado de mi madre.

Incluida su fortaleza y su inteligencia emocional.

Aparte del acento de mi gente.

Incluido su sentido del humor y su manera de demostrar amor.

Del olor y del sabor de nuestra comida.

De la historia de opresión que me vio nacer.

De los gritos de otros niños como yo.

De la persona que podría haber sido.

No solo allí.

Aquí también.

Si me hubiera podido quedar.

O hubiera vuelto sin tener que mirar atrás.

¿Cuándo se va a acabar este pozo sin final?

A lo mejor no existiría si nuestra reunificación hubiera sido el objetivo.

O si no nos hubieran separado, traficado y borrado de la faz de la tierra.

Me vuelvo a recordar.

Cuántas veces más tengo que acompañar a mi yo de siete años por este camino de soledad.

Llorando por su papá y su mamá.

Llorando por la familia que podría haber tenido al llegar.

También llora por la familia de aquí, no solo la de allá.

Quiénes son estas personas.

¿Me aceptarán algún día?

Algún día lo harán.

O no.

Y vuelta a empezar.

Recientemente he encontrado su foto, de cuando hacía cuatro días de la confirmación de eso que llaman adopción, con sus ojos llenos de pesar .

Ha perdido tantas cosas, que ya no las podemos ni contar. Por delante queda un largo camino, pero mira todo lo que hemos recorrido. Ya no estarás sola nunca más.

May 15th: Unbirthday

Origen incierto

Cuando nuestra historia es desconocida, cuando no tenemos conexión con este mundo a través de nuestro origen, cuando el comienzo es doloroso y no sabes siquiera POR QUÉ.

Vivir sin saber de quién, ni cuándo, ni cómo llegamos puede llegar a ser traumático a tantos niveles…acompañemos y hagamos espacio para quienes estamos en proceso de cuidar de nosotros mismos compartiendo nuestra verdad.

You’re not alone.

Her Place

** TW: mention of mental health and suicidal ideation

Unbirthday?

*un: opposite of the original

PSA for all: I don’t celebrate my legal birthday. No, I didn’t want you to remember, so don’t feel bad for not knowing. It’s actually just preferred that it’s just like any other day. Of course when I was a child, there were many things I loved about my birthday: presents, cake, attention. I was someone in love with being loved. But through the years, I’ve noted a disdain that I can’t seem to shake.

Today I received a message from my mother that said, «happy unbirthday. I love you and can’t wait to see you soon.» Something about that made me feel content; a name for the day I’ve been completely dodging for the past few years. Truthfully, it’s not my birthday. It’s a legal date to be recognized as my date…

Ver la entrada original 910 palabras más

You are not alone

Salir de mi propia niebla

Sin duda esta es la época más dura que he tenido que atravesar en toda mi vida desde que me vi separada de mi madre y perdí a mi padre. Durante más de veinticinco años no he podido llorar su pérdida. No me lo podía permitir. Tenía que seguir funcionando, para mí y para el resto del mundo. Estaba en piloto automático. El modo supervivencia, sin yo saberlo, fue mi salvación cuando ocurrió lo que marcaría mi vida para siempre.

¿Por qué cuando alguien habla del aturdimiento que produce integrar que un ser querido o un familiar ya no está entre nosotros por un acontecimiento, imprevisto o no, todo es empatía, pero cuando una persona adoptada habla de su experiencia de pérdida solo recibe comentarios sobre el lado positivo de las cosas? Si expusiéramos a esta narrativa a un niño que todavía no tiene acceso al lenguaje verbal o que acaba de adquirirlo, ¿estamos seguros de que notaría la diferencia? Vamos a hacer un ejercicio, ¿alguien me podría decir qué distinción hay entre estos dos titulares?

“Un niño es secuestrado por dos personas extrañas”

“Un niño es adoptado por dos personas extrañas”

¿Creéis que ese bebé o ese niño sería consciente de lo que está ocurriendo en su vida y sería capaz de distinguir entre una cosa y otra?

¿Por qué el sentimiento de empatía surge solo con el primer caso? La pérdida está presente en ambos a pesar de las buenas intenciones que pueda haber en el segundo, y para un niño no hay diferencia. No sabe lo que está pasando.

El comienzo

Darme cuenta de lo que perdí fue detonado por haber encontrado a mi propia familia, aunque empezó mucho antes, cuando tuve el espacio mental suficiente para permitirme pensar en ella, en mi madre. De la que recuerdo hasta el día que nos tuvo que dejar porque no tenía dinero para alimentarnos a las tres. Con la que viví los cinco primeros años de mi vida. A la que le puse mis rasgos, pues durante los dos años siguientes conocí a muchas mujeres, pero ninguna volvió a ser ella. De la que me separaron en un período de cuatro meses después del asesinato de mi padre. Del que tuve que llorar su pérdida en casas de acogida porque al sistema mi madre no le pareció merecedora de recibir apoyo para cuidarnos. Del que tuve que olvidarme y no pensar en él durante toda mi vida, y cuando mi mente de niña lo hizo fue con rencor por habernos dejado. Al que por las noches preguntaba dónde estaba y qué le había pasado.

Conocer nuestra historia y haber descubierto que podríamos haber permanecido juntas si los métodos de la industria de la adopción no estuvieran concebidos para la separación familiar en vez de para su apoyo, provocaron mi despertar. ¿De qué? De mi propia opresión internalizada. De mi propia promoción de la adopción salvadora durante toda mi vida, aunque esta experiencia como persona adoptada haya sido lo más doloroso y desolador que he tenido que habitar.

Mi entrada en una familia abusiva e invalidante, incentivada por el sistema de protección de la infancia que llevó a cabo mi adopción, tanto en mi país de origen como en mi país de llegada, también hizo mucho de este trabajo. Y a pesar de todo ello, fui yo la que me mantuvo cautiva y en mi propia niebla para vivir alejada del dolor.

Esto precisamente tuvo que ocurrir para poder aceptarme porque solo conocía mi identidad adoptada y no se me permitía nada más, especialmente cuando yo venía con mis propios recuerdos, con mi propia identidad, siendo mi propia persona y un miembro de mi familia. Me llegué a borrar para poder ser aceptada por mi familia adoptiva, pues la lectura que hizo mi yo de siete años al llegar fue la de tener que cumplir el papel de la hija responsable y obediente, la cuidadora-mediadora, salvando a todo el mundo excepto a mí.

También pude empezar a ver la luz gracias a educarme sobre nuestras defensas y los traumas que corren bajo nuestra piel y como están intrínsecamente relacionados con lo que proyectamos sobre otros. En este caso, la crianza y el aprendizaje que recibí de mis adoptantes, que a pesar de que hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían, en el momento de enfrentarles con la verdad sobre mi identidad y como habían activamente fomentado mi asimilación, que no integración, a través de su condicional forma de quererme y de mi tráfico legalizado a través de la adopción, eligieron la negación.

Respuesta que pude entender hasta cierto punto, pues siguen sin acceder a sus traumas y a su propia deconstrucción, pero que llegados a esta parada en el camino no pueden seguir en mi vida, pues no me darían el espacio que necesito para procesar la desolación que ha sido haber perdido a mi familia después de veinticinco años de separación y total desconexión. Estoy orgullosa de haber conseguido esa dimensión para mí, aunque sigue doliéndome el hecho de haber tenido que luchar por ella con uñas y dientes. Es nuestro derecho llorar la pérdida de nuestra familia, pero no podemos hacerlo en espacios donde nuestras voces no son escuchadas.

Mi identidad

Salir del armario de la persona adoptada con una identidad biológica, es un paso enorme que no todos pueden sentirse preparados para dar o incluso pueden no sentirse llamados por ello, pues el trauma de la separación y el dolor provocado por esta puede seguir enterrado de forma profunda en nuestro subconsciente. Quienes no quieren conocer su identidad biológica o simplemente deciden vivir con su identidad adoptada integrando partes de su origen es algo que merece respeto y acompañamiento.

Sin embargo, ¿por qué se nos sigue proyectando esa imagen de agradecimiento? ¿Acaso las personas que se crían con su familia de nacimiento van recibiendo mensajes de este tipo?: “Menos mal que no fuiste abortado”, “Qué bien que tus padres decidieron quedarse contigo” o “Al menos decidieron educarte, vestirte y poner un techo sobre tu cabeza”.

Nuestra experiencia no es para estar agradecidos, pues partimos de la separación de nuestra familia. Algunos con recuerdos de ellos, como es mi caso. Esto produce como resultado un trauma, el trauma de la separación que nace de la adopción. Y este nos afecta a todas las personas adoptadas. A unas más que otras dependiendo del apoyo que obtengamos por parte de las personas de nuestra vida y de la sociedad en general. La adopción no garantiza absolutamente nada. Es una experiencia que hasta que no somos conscientes de ella, no puede ser procesada.

Aunque en algunos casos, sobre todo cuando no hay recuerdos que nos conecten con nuestra familia y/o cuando lo que recibimos es invalidación acerca de nuestros sentimientos contradictorios respecto a la adopción, puede suceder que ese trauma salga a la luz, pues nuestro cuerpo y nuestra memoria emocional recuerdan. Se quedan con la voz de nuestra madre, con las personas que nos hablaron mientras estábamos dentro de ella. Recuerdan los olores, el tacto, la familiaridad. El cambio es tan brusco y cuando nuestra memoria no verbal no puede describir que lo que está ocurriendo es la separación, la única manera que tiene nuestro cerebro para protegernos es reprogramarse, no para conectar, sino para sobrevivir.

Las personas adoptadas para ser cuidadas no tendrían que pagar con su salud mental y física el acceso a una familia. La preservación familiar por encima de la separación familiar, junto a la educación parental y el apoyo a las primeras familias son la clave para que las futuras generaciones de niños no pasen a vivir en modo supervivencia cuando su familia pasa por una crisis temporal. Aquí es donde entra mi defensa por la abolición de la adopción internacional y el cambio del sistema de protección de la infancia, para que las personas adoptadas no tengan que sufrir en su salud mental las consecuencias de la pérdida de identidad y continuidad que suponen nuestras familias en nuestro crecimiento emocional e identitario.

La educación en adopción es ahora más necesaria que nunca. Así que este es mi turno, por mí y por todos mis compañeros. Porque antes que yo, otros han ayudado a que pudiera nombrar lo que esta experiencia ha significado para mí. He necesitado derrumbarme para volver a construirme. Para ser la persona que quiero ser. No para ser la proyección de nadie. No para cumplir ningún papel.

Sino para aproximarme a lo que podría haber tenido si me hubiera quedado en algún lugar cerca de las personas que son mi familia y los que tienen una identidad a la que pertenezco.

Disociación

Sin reflejo

¿Quién me iba a decir que cuando encontrara a mi madre no me iba a poder vincular o identificar porque no me parecía a ella físicamente? ¿Quién me iba a preparar para afrontar esta disociación entre mis recuerdos y yo cuando las imágenes que tenía de ella en mi cabeza se parecían más a mis rasgos que a los que en realidad ella tiene?

La primera vez que vi una foto suya solo pude preguntarme: ¿Quién es esta persona? Esa pregunta me dolió hasta el tuétano y en aquél momento no supe ni nombrar lo que me había pasado. Fue un shock total. ¿Cómo se supone que debía sentirme por no parecerme a la persona que me trajo a este mundo cuando lo que más deseaba era pertenecer? ¿Cómo asumir el hecho de no reconocerme en el rostro de mi madre después de haber crecido rodeada de personas que no se parecían a mí?

El primer año después de encontrarla sentí tal desapego y falta de conexión, que no pude hablar con ella a pesar de que lo que más ansiaba sobre todas las cosas era conocer mi historia. Cuando lo más importante para mí era encontrar mi identidad. Han tenido que pasar tres años desde que me escribieran una noche de febrero para decirme que estaba viva y que quería contactar con nosotras, para poder entender lo que realmente me ocurrió.

Cuando tu sentido de pertenencia dentro de tu familia ha dependido de las cosas que querían los demás para ti y tu validez se ha apoyado en vínculos emocionales condicionados, ¿cómo gestionar que no te pareces a tu madre? ¿Qué a pesar de haberla encontrado puede que a esta persona tampoco pertenezcas? El miedo a responder a esas preguntas fue tan real que me inmovilizó.

El año siguiente al éxito de mi búsqueda lo recuerdo muy vagamente. Siempre me acabo preguntando, ¿cómo lo hiciste para sobrevivir sin contactar con ella? Definitivamente me tuve que ausentar de mí misma, no lo habría conseguido de otra manera, logrando darle significado después de descubrir cuáles eran las cuatro respuestas comunes ante el miedo: freeze (parálisis), fight (defensa), flight (huida) y fawn (sumisión).

Recuerdo perfectamente cuál fue mi primera reacción. Tan aterrada estaba de que pudiera desaparecer, después de todos esos años odiándola , creyendo que me había abandonado, y de que no volviera a saber dónde ni cuándo podría hablar con ella, que lo único que se me ocurrió fue ceder a lo que ella deseaba, que era conocerme. Tan acostumbrada estaba a acceder a lo que los demás querían y a no decir que no, que me olvidé de mí y de lo que yo realmente necesitaba.

Cuando me di cuenta de que no podía cumplir con mi parte del trato, la ansiedad llamó a mi puerta y no pude más que quedarme paralizada, pensando en cuál sería el siguiente paso para poder avanzar. Decidí entonces interrumpir el contacto hasta que estuviera lista, creyendo que el susto que fue ver una cara totalmente desconocida para mí no había tenido ninguna repercusión.

A pesar de todo ello acabé conociéndola, y aunque físicamente no nos parecemos, he llegado a sentirme más identificada de lo que podría haber imaginado con esta mujer que tuvo que aprender a vivir sin mí durante más de veinte años. Es maravilloso y a la vez chocante encontrarme con esta persona tan empática, cariñosa y considerada a la que poder llamar mamá después de todo lo que hemos sufrido, especialmente en contraposición a lo que conocí al llegar con siete años a mi país de adopción.

Resulta irónico, aunque comprensible por otra parte, que después de todo nos parezcamos más de lo que yo pensaba, pues mis primeros cinco años de vida fueron con ella, pegados a su falda. La conexión que tenemos es lo más preciado y liberador que me he podido encontrar en toda mi vida pues, sin intención ninguna de idealizar el amor de madre, idea que me resulta tóxica, el crecimiento de este vínculo ha nacido gracias al respeto y la aceptación de nuestras experiencias y personalidades teniendo en cuenta todo lo vivido.

Descubrir que me aceptaba sin esperar nada a cambio, transformó mi vida por completo, tanto la percepción de mí misma como la de los demás. Acostumbrada a recibir reconocimiento si cumplía mi papel, al revelarse que era posible querer a alguien sin idealizarlo ni alterarlo de algún modo, me permití abrazarme a mí misma a través de todas las experiencias que me habían traído hasta aquí.

Finalmente, acabé encontrando mi reflejo en mi padre, al que hallé con la ayuda de mi madre. Por fin pude respirar y darle significado a todo lo que me había pasado durante estos últimos tres años y a toda mi vida. Me di cuenta de cuánto deseaba pertenecer a alguien en este mundo, ese que me había mandado a la otra punta para ser criada y educada por personas que no se parecían a mí, que habían tratado de decirme que mi origen adoptivo no importaba, pero que mi vida empezaba el día de mi adopción.

Las palabras se quedan cortas para describir lo que significa encontrar los rasgos de tus propios ojos, tu nariz y tu boca en otra persona; para describir lo que es sentir que por fin existes, que vienes de algún sitio. Que eres real y que tu historia no es inventada. Que este mundo, a pesar de lo cruel y duro que es, es al que perteneces.

Revivir con cada pérdida que la cuerda que me ataba a él se había roto y jamás podría volver a unirme ha sido lo más desolador que he sentido en toda mi vida. Sentí que no me veían, ni a mí ni mi verdadero origen, y hasta que no encontré a la comunidad de personas adoptadas sentí que mi experiencia tampoco importaba. Sentí que había algo en mí que no encajaba. Pero en realidad, todo este tiempo había estado proyectando lo que mi familia adoptiva y la sociedad habían hecho conmigo: llegó un momento en el que yo tampoco me pude ver.

Hasta ahora.

¿Qué trauma?

The price we pay

Cuando las personas no adoptadas se imaginan una familia adoptiva casi siempre dibujan en sus mentes una niña o niño feliz, lleno de agradecimiento y alegría, todos interactuando en la salvación de un huérfano que no tenía a nadie que lo cuidara, abandonado y solo.

Nada más lejos de la realidad. Por mi propia experiencia y la de muchas personas adoptadas a las que he conocido a lo largo de estos meses de descubrimiento de mi propia identidad, esta no es siempre la historia que hay detrás. La adopción tiene muchas capas y una de ellas es la separación, no la del abandono. Puede haber negligencia en muchas familias por muchísimas razones, desde la falta de recursos económicos o emocionales para cuidar a un niño, hasta los propios problemas de salud mental relacionados con la drogadicción y la prostitución. Sin embargo, esto no es excusa para que a las primeras familias de las personas adoptadas se les atribuya un abandono voluntario o una negligencia voluntaria.

Me resulta irónica la narrativa de la adopción y el lenguaje que se usa para hablar de nuestra experiencia y como se nos señalan patologías por no encajar en el mundo adoptivo. Se habla siempre de abandono, de buenos o malos adoptados, de «conflictos de lealtad», de madres biológicas, de medicalización, de salvación, de  llegar dañados, de nuestra salud física como excusa para llevarnos lejos de nuestras familias. ¿Puede existir algo más reduccionista de nuestra experiencia que nombrar nuestros dolores sin escucharnos a nosotros directamente?

Cuando hablamos de adopción hablamos de SEPARACIÓN. Estamos hablando de que para formar una familia adoptiva hay que romper y separar a otra familia primero. Nuestra experiencia proviene de una ruptura muy traumática, sin importar las razones de la separación. Sigue siendo un golpe tremendo para nuestra autoestima y para nuestra salud mental. Reconocer esta realidad de base es lo primero que permitirá no caer en las frases típicas: “¡Qué bien que fuiste adoptado!”, “¡Estarás súper-agradecido con tu nueva familia!”, “Menos mal que fuiste adoptado, si no a saber dónde te encontrarías”. No hay declaraciones más invalidantes de la desolación que hemos tenido que pasar que alguien nos diga que debemos estar agradecidos por haber sido separados de nuestra familia o haber tenido que sufrir esta pérdida para ser cuidados.

Normalizar la adopción como algo bonito y bondadoso es una negación de nuestra historia. Es una invalidación de nuestra experiencia cuando nuestra procedencia NO es normal. De hecho lo normal es criarse dentro de tu propia familia, con personas que se parecen a ti, con personas de las que has nacido, con personas de tu mismo color de piel, con personas de tu misma cultura, con personas que hablan el mismo idioma o tienen las mismas identidades que tú. La adopción arranca todas esas posibilidades de nuestras manos, ¿por qué seguir edulcorando nuestras pérdidas? Si fuera normal todo el mundo sería adoptado, todas las personas entregarían a sus hijos en adopción para que pudieran vivir esta maravillosa experiencia.

Es curioso cómo se sigue vendiendo la adopción como otro modo más de formar una familia a través de su asimilación a la filiación biológica. Cómo se sigue jugando a las casitas y pretendiendo que seamos los hijos biológicos de personas de las que no lo somos. ¡Hay tantos sinónimos de la adopción! Aquí va otro que en la narrativa predominante de la adopción, es decir, la de los adoptantes y quienes se lucran de nuestras pérdidas, jamás se han parado a pensar en ello porque les incomoda y les impediría seguir beneficiándose de las consecuencias de nuestro dolor: apropiación.

Adopción es APROPIACIÓN por mucho que la gente no quiera verlo y lo maquille de todas las formas posibles. La filiación biológica es el aspecto más importante de nuestra identidad, de las personas adoptadas y no adoptadas. Esta se establece, como sucede en todas partes, a través de los certificados de nacimiento a los que tienen acceso de forma libre y sin costes las personas que no han sido separadas de sus familias. Sin embargo, para las personas adoptadas este derecho fundamental a la identidad es negado a través de nuestros cambios de nombres y/o apellidos. La adopción borra literalmente nuestro origen y nuestra identidad. A partir del momento en que entramos a la adopción las personas que aparecerán como padres, además como únicos y verdaderos, serán los adoptantes. ¿Puede existir una negación más real de nuestra existencia en este mundo? ¿Cuál es el fin de eliminar nuestro origen? No hay otro más que el de ficcionar nuestra procedencia, haciéndola pasar por filiación biológica.

¿Qué os parecería perder a vuestra madre o a vuestro padre de repente y que entrara en su lugar otra persona totalmente extraña a vuestra vida y os dijera que a partir de ahora debéis llamarlo papá o mamá sin vuestro consentimiento? ¿Por qué eso suena a locura hacerlo con adultos, pero con niños no? ¿Por qué existe esta falsa creencia de que las familias son intercambiables y que los niños, cuanto más pequeños mejor, pues así no notarán la diferencia y además se adaptarán perfectamente, y si no lo hacen es que falla algo en ellos y no en el sistema?

No para de sorprenderme como se habla de la patologización de las familias adoptivas cuando en realidad la patología la sufrimos directamente las personas adoptadas, cuando se juega con nuestra salud mental a través de todos los instrumentos legales que borran nuestra identidad, jugando a la familia biológica y dejando nuestras propias necesidades de lado para acomodar el anhelo de tener hijos de personas adultas que no aceptan sus limitaciones físicas y/o emocionales. Porque seamos sinceros, somos un privilegio, una comodidad, porque para criar a un hijo se han de tener estos recursos, pero sobre todo los económicos.

Es una locura el juego psicológico y el experimento al que somos sometidos por parte de adultos para satisfacer sus deseos de formar una familia. Nos dicen que podemos ahora respirar tranquilos, que todo va a estar bien porque vamos a ser alimentados, vestidos, educados y aceptados porque fuimos “elegidos”. ¿DISCULPAD? ¿Acaso no tenemos que utilizar los apellidos de otras personas, acaso no tenemos que rodearnos de personas que no se parecen a nosotros, acaso no tenemos que estar agradecidos por haber perdido a nuestra familia en primer lugar?

La invalidación y negación de nuestras experiencias es tal, que muchas veces se compara nuestra crianza con la de las personas que se quedan dentro de sus familias. No pararé de repetirlo: NO SON LO MISMO. La base fáctica de la que se parte es totalmente diferente. Las herramientas de validación y la forma en la que creamos los vínculos con las personas extrañas que parecen habernos dado prioridad no son las mismas que en la crianza dentro de la familia biológica. Y digo parecen, porque en realidad nosotros no somos la prioridad, ¿si no qué hacemos en un hogar ajeno al nuestro? El vínculo afectivo en personas no adoptadas no parte del trauma de la separación ni del recordatorio constante de que no estamos en un sitio y con personas a las que no pertenecemos. Se pueden poner muchos parches, pero los malabares psicológicos para seguir funcionando de manera estable que nos hagan “olvidar” nuestro principio, nadie los puede negar.

Los detonantes de ese trauma de la separación tienen muchas formas y sucede así precisamente porque nadie nos prepara para que nos sintamos bien fuera del agua por mucho que nos digan que en tierra se está mucho mejor. Nuestra salud mental debe ser una prioridad en todos los estadios de nuestra vida, porque nosotros no amamos incondicionalmente. La creencia de que los niños se entregan sin reparo es tóxica y dañina, pues en el fondo, el proceso psicológico de renuncia a nuestras necesidades emocionales para satisfacer nuestras necesidades físicas, a cualquier precio, es una negociación dentro de nosotros mismos para adaptarnos al nuevo elemento que nos ha sido introducido de forma forzada en nuestras vidas.

Las concesiones que tenemos que hacer para sobrevivir no solo se implemetan mientras crecemos, sino durante toda nuestra vida. Pues el conflicto identitario nos acompaña en todas nuestras experiencias, y desenterrar y resolver el trauma de la separación y de nuestra crianza suponen esfuerzos que todas las personas adoptadas no están preparadas para afrontar porque cada momento vital es crucial, ya sea para cuidar de nosotros mismos y procurar por nuestro futuro o por otras responsabilidades. El precio que pagamos por ser cuidados es demasiado alto. NUESTRA IDENTIDAD NO DEBERÍA SER EL PRECIO A PAGAR PARA TENER ACCESO A UNA FAMILIA.

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