May 15th: Unbirthday

Origen incierto

Cuando nuestra historia es desconocida, cuando no tenemos conexión con este mundo a través de nuestro origen, cuando el comienzo es doloroso y no sabes siquiera POR QUÉ.

Vivir sin saber de quién, ni cuándo, ni cómo llegamos puede llegar a ser traumático a tantos niveles…acompañemos y hagamos espacio para quienes estamos en proceso de cuidar de nosotros mismos contándonos nuestra verdad.

You’re not alone.

Her Place

** TW: mention of mental health and suicidal ideation

Unbirthday?

*un: opposite of the original

PSA for all: I don’t celebrate my legal birthday. No, I didn’t want you to remember, so don’t feel bad for not knowing. It’s actually just preferred that it’s just like any other day. Of course when I was a child, there were many things I loved about my birthday: presents, cake, attention. I was someone in love with being loved. But through the years, I’ve noted a disdain that I can’t seem to shake.

Today I received a message from my mother that said, “happy unbirthday. I love you and can’t wait to see you soon.” Something about that made me feel content; a name for the day I’ve been completely dodging for the past few years. Truthfully, it’s not my birthday. It’s a legal date to be recognized as my date…

Ver la entrada original 910 palabras más

You are not alone

Salir de mi propia niebla

Sin duda esta es la época más dura que he tenido que atravesar en toda mi vida desde que me vi separada de mi madre y perdí a mi padre. Durante más de veinticinco años no he podido llorar su pérdida. No me lo podía permitir. Tenía que seguir funcionando, para mí y para el resto del mundo. Estaba en piloto automático. El modo supervivencia, sin yo saberlo, fue mi salvación cuando ocurrió lo que marcaría mi vida para siempre.

¿Por qué cuando alguien habla del aturdimiento que produce integrar que un ser querido o un familiar ya no está entre nosotros por un acontecimiento imprevisto o no todo es empatía, pero cuando una persona adoptada habla de su experiencia de pérdida solo recibe comentarios sobre el lado positivo de las cosas? Si expusiéramos a esta narrativa a un niño que todavía no tiene acceso al lenguaje verbal o que acaba de adquirirlo, ¿estamos seguros de que notaría la diferencia? Vamos a hacer un ejercicio, ¿alguien me podría decir qué distinción hay entre estos dos titulares?

“Un niño es secuestrado por dos personas extrañas”

“Un niño es adoptado por dos personas extrañas”

¿Creéis que ese bebé o ese niño sería consciente de lo que está ocurriendo en su vida y sería capaz de distinguir entre una cosa y otra?

¿Por qué el sentimiento de empatía surge solo con el primer caso? La pérdida está presente en ambos a pesar de las buenas intenciones que pueda haber en el segundo, y para un niño no hay diferencia. No sabe lo que está pasando.

El comienzo

Darme cuenta de lo que perdí fue detonado por haber encontrado a mi propia familia, aunque empezó mucho antes, cuando tuve el espacio mental suficiente para permitirme pensar en ella, en mi madre. De la que recuerdo hasta el día que nos tuvo que dejar porque no tenía dinero para alimentarnos a las tres. Con la que viví los cuatro primeros años de mi vida. A la que le puse mis rasgos, pues durante los tres años siguientes conocí a muchas mujeres, pero ninguna volvió a ser ella. De la que me separaron en un período de cuatro meses después del asesinato de mi padre. Del que tuve que llorar su pérdida en casas de acogida porque al sistema mi madre no le pareció merecedora de recibir apoyo para cuidarnos. Del que tuve que olvidarme y no pensar en él durante toda mi vida, y cuando mi mente de niña lo hizo fue con rencor por habernos dejado. Al que por las noches preguntaba dónde estaba y qué le había pasado.

Conocer nuestra historia y haber descubierto que podríamos haber permanecido juntas si los métodos de la industria de la adopción no estuvieran concebidos para la separación familiar en vez de para su apoyo, provocaron mi despertar. ¿De qué? De mi propia opresión internalizada. De mi propia promoción de la adopción salvadora durante toda mi vida, aunque esta experiencia como persona adoptada haya sido lo más doloroso y desolador que he tenido que habitar.

Mi entrada a una familia abusiva y tóxica, incentivada por el sistema de protección de la infancia que llevó a cabo mi adopción, tanto en mi país de origen como en mi país de llegada, también hizo mucho de este trabajo. Y a pesar de todo ello, fui yo la que me mantuvo cautiva y en mi propia niebla para vivir alejada del dolor.

Esto precisamente tuvo que ocurrir para poder aceptarme porque solo conocía mi identidad adoptada y no se me permitía nada más, especialmente cuando yo venía con mis propios recuerdos, con mi propia identidad, siendo mi propia persona y un miembro de mi familia. Me llegué a borrar para poder ser aceptada por mi familia adoptiva, pues la lectura que hizo mi yo de siete años al llegar fue la de tener que cumplir el papel de la hija responsable y obediente, la cuidadora-mediadora, salvando a todo el mundo excepto a mí.

También pude empezar a ver la luz gracias a educarme sobre nuestras defensas y los traumas que corren bajo nuestra piel y como están intrínsecamente relacionados con lo que proyectamos sobre otros. En este caso, la crianza y el aprendizaje que recibí de mis adoptantes, que a pesar de que hicieron lo que pudieron con las herramientas que tenían, en el momento de enfrentarles con la verdad sobre mi identidad y como habían activamente fomentado mi asimilación, que no integración, a través de su condicional forma de quererme y de mi tráfico legalizado a través de la adopción, eligieron la negación.

Respuesta que pude entender hasta cierto punto, pues siguen sin acceder a sus traumas y a su propia deconstrucción, pero que llegados a esta parada en el camino no pueden seguir en mi vida, pues no me darían el espacio que necesito para procesar la desolación que ha sido haber perdido a mi familia después de veinticinco años de separación y total desconexión. Estoy orgullosa de haber conseguido esa dimensión para mí, aunque sigue doliéndome el hecho de haber tenido que luchar por ella con uñas y dientes. Es nuestro derecho llorar la pérdida de nuestra familia, pero no podemos hacerlo en espacios donde nuestras voces no son escuchadas.

Mi identidad

Salir del armario de la persona adoptada con una identidad biológica, es un paso enorme que no todos pueden sentirse preparados para dar o incluso pueden no sentirse llamados por ello, pues el trauma de la separación y el dolor provocado por esta puede seguir enterrado de forma profunda en nuestro subconsciente. Quienes no quieren conocer su identidad biológica o simplemente deciden vivir con su identidad adoptada integrando partes de su origen es algo que merece respeto y acompañamiento.

Sin embargo, ¿por qué se nos sigue proyectando esa imagen de agradecimiento? ¿Acaso las personas que se crían con su familia de nacimiento van recibiendo mensajes de este tipo?: “Menos mal que no fuiste abortado”, “Qué bien que tus padres decidieron quedarse contigo” o “Al menos decidieron educarte, vestirte y poner un techo sobre tu cabeza”.

Nuestra experiencia no es para estar agradecidos, pues partimos de la separación de nuestra familia. Algunos con recuerdos de ellos, como es mi caso. Esto produce como resultado un trauma, el trauma de la separación que nace de la adopción. Y este nos afecta a todas las personas adoptadas. A unas más que otras dependiendo del apoyo que obtengamos por parte de las personas de nuestra vida y de la sociedad en general. La adopción no garantiza absolutamente nada. Es una experiencia que hasta que no somos conscientes de ella, no puede ser procesada.

Aunque en algunos casos, sobre todo cuando no hay recuerdos que nos conecten con nuestra familia y/o cuando lo que recibimos es invalidación acerca de nuestros sentimientos contradictorios respecto a la adopción, puede suceder que ese trauma salga a la luz, pues nuestro cuerpo y nuestra memoria emocional recuerdan. Se quedan con la voz de nuestra madre, con las personas que nos hablaron mientras estábamos dentro de ella. Recuerdan los olores, el tacto, la familiaridad. El cambio es tan brusco y cuando nuestra memoria no verbal no puede describir que lo que está ocurriendo es la separación, la única manera que tiene nuestro cerebro para protegernos es reprogramarse, no para conectar, sino para sobrevivir.

Las personas adoptadas para ser cuidadas no tendrían que pagar con su salud mental y física el acceso a una familia. La preservación familiar por encima de la separación familiar, junto a la educación parental y el apoyo a las primeras familias son la clave para que las futuras generaciones de niños no pasen a vivir en modo supervivencia cuando su familia pasa por una crisis temporal. Aquí es donde entra mi defensa por la abolición de la adopción internacional y el cambio del sistema de protección de la infancia, para que las personas adoptadas no tengan que sufrir en su salud mental las consecuencias de la pérdida de identidad y continuidad que suponen nuestras familias en nuestro crecimiento emocional e identitario.

La educación en adopción es ahora más necesaria que nunca. Así que este es mi turno, por mí y por todos mis compañeros. Porque antes que yo, otros han ayudado a que pudiera nombrar lo que esta experiencia ha significado para mí. He necesitado derrumbarme para volver a construirme. Para ser la persona que quiero ser. No para ser la proyección de nadie. No para cumplir ningún papel.

Sino para aproximarme a lo que podría haber tenido si me hubiera quedado en algún lugar cerca de las personas que son mi familia y los que tienen una identidad parecida a la que me pertenece.

Disociación

Sin reflejo

¿Quién me iba a decir que cuando encontrara a mi madre no me iba a poder vincular o identificar porque no me parecía a ella físicamente? ¿Quién me iba a preparar para afrontar esta disociación entre mis recuerdos y yo cuando las imágenes que tenía de ella en mi cabeza se parecían más a mis rasgos que a los que en realidad ella tiene?

La primera vez que vi una foto suya solo pude preguntarme: ¿quién es esta persona? Esa pregunta me dolió hasta el tuétano y en aquél momento no supe ni nombrar lo que me había pasado. Fue un shock total. ¿Cómo se supone que debía sentirme por no parecerme a la persona que me trajo a este mundo cuando lo que más deseaba era pertenecer? ¿Cómo asumir el hecho de no reconocerme en el rostro de mi madre después de haber crecido rodeada de personas que no se parecían a mí?

El primer año después de encontrarla sentí tal desapego y falta de conexión, que no pude hablar con ella a pesar de que lo que más ansiaba sobre todas las cosas era conocer mi historia. Cuando lo más importante para mí era encontrar mi identidad. Han tenido que pasar tres años desde que una de las personas que me ayudó a encontrarla me escribiera una noche de febrero para decirme que estaba viva y que quería contactar con nosotras, para poder entender lo que realmente me ocurrió.

Cuando tu sentido de pertenencia dentro de tu familia ha dependido de las cosas que querían los demás para ti y tu validez se ha apoyado en vínculos emocionales condicionados, ¿cómo gestionar que no te pareces a tu madre? ¿Qué a pesar de haberla encontrado puede que a esta persona tampoco pertenezcas? El miedo a responder a esas preguntas fue tan real que me inmovilizó.

El año siguiente al éxito de mi búsqueda lo recuerdo muy vagamente. Siempre me acabo preguntando, ¿cómo lo hiciste para sobrevivir sin contactar con ella? Definitivamente me tuve que ausentar de mí misma, no lo habría conseguido de otra manera, logrando darle significado después de descubrir cuáles eran las cuatro respuestas comunes ante el miedo: freeze (parálisis), fight (defensa), flight (huida) y fawn (sumisión).

Recuerdo perfectamente cuál fue mi primera reacción. Tan aterrada estaba de que pudiera desaparecer, después de todos esos años odiándola , creyendo que me había abandonado, y de que no volviera a saber dónde ni cuándo podría hablar con ella, que lo único que se me ocurrió fue ceder a lo que ella deseaba, que era conocerme. Tan acostumbrada estaba a acceder a lo que los demás querían y a no decir que no que me olvidé de mí y de lo que yo realmente necesitaba.

Cuando me di cuenta de que no podía cumplir con mi parte del trato, la ansiedad llamó a mi puerta y no pude más que quedarme paralizada, pensando en cuál sería el siguiente paso para poder avanzar. Decidí entonces interrumpir el contacto hasta que estuviera lista, creyendo que el susto que fue ver una cara totalmente desconocida para mí no había tenido ninguna repercusión.

A pesar de todo ello acabé conociéndola, y aunque físicamente no nos parecemos, he llegado a sentirme más identificada de lo que podría haber imaginado con esta mujer que tuvo que aprender a vivir sin mí durante más de veinte años. Es maravilloso y a la vez chocante encontrarme con esta persona tan empática, cariñosa y considerada a la que poder llamar mamá después de todo lo que hemos sufrido, especialmente en contraposición a lo que conocí al llegar con siete años a mi país de adopción.

Resulta irónico, aunque comprensible por otra parte, que después de todo nos parezcamos más de lo que yo pensaba, pues mis primeros cuatro años de vida fueron con ella, pegados a su falda. La conexión que tenemos es lo más preciado y liberador que me he podido encontrar en toda mi vida pues, sin intención ninguna de idealizar el amor de madre, idea que me resulta tóxica, el crecimiento de este vínculo ha nacido gracias al respeto y la aceptación de nuestras experiencias y personalidades teniendo en cuenta todo lo vivido.

Descubrir que me aceptaba sin esperar nada a cambio, transformó mi vida por completo, tanto la percepción de mí misma como la de los demás. Acostumbrada a recibir reconocimiento si cumplía mi papel, al revelarse que era posible querer a alguien sin idealizarlo ni alterarlo de algún modo, me permití abrazarme a mí misma a través de todas las experiencias que me habían traído hasta aquí.

Finalmente, acabé encontrando mi reflejo en mi padre, al que hallé con la ayuda de mi madre. Por fin pude respirar y darle significado a todo lo que me había pasado durante estos últimos tres años y a toda mi vida. Me di cuenta de cuánto deseaba pertenecer a alguien en este mundo, ese que me había mandado a la otra punta del mundo para ser criada y educada por personas que no se parecían a mí, que habían tratado de decirme que mi origen adoptivo no importaba, pero que mi vida empezaba el día de mi adopción.

Las palabras se quedan cortas para describir lo que significa encontrar los rasgos de tus propios ojos, tu nariz y tu boca en otra persona; para describir lo que es sentir que por fin existes, que vienes de algún sitio. Que eres real y que tu historia no es inventada. Que este mundo, a pesar de lo cruel y duro que es, es al que perteneces.

Revivir con cada pérdida que la cuerda que me ataba a él se había roto y jamás podría volver a unirme ha sido lo más desolador que he sentido en toda mi vida. Sentí que no me veían, ni a mí ni mi verdadero origen, y hasta que no encontré a la comunidad de personas adoptadas sentí que mi experiencia tampoco importaba. Sentí que había algo en mí que no encajaba. Pero en realidad, todo este tiempo había estado proyectando lo que mi familia adoptiva y la sociedad habían hecho conmigo: llegó un momento en el que yo tampoco me pude ver.

Hasta ahora.

¿Qué trauma?

The price we pay

Cuando las personas no adoptadas se imaginan una familia adoptiva casi siempre dibujan en sus mentes una niña o niño feliz, lleno de agradecimiento y alegría, todos interactuando en la salvación de un huérfano que no tenía a nadie que lo cuidara, abandonado y solo.

Nada más lejos de la realidad. Por mi propia experiencia y la de muchas personas adoptadas a las que he conocido a lo largo de estos meses de descubrimiento de mi propia identidad, esta no es siempre la historia que hay detrás. La adopción tiene muchas capas y una de ellas es la separación, no la del abandono. Puede haber negligencia en muchas familias por muchísimas razones, desde la falta de recursos económicos o emocionales para cuidar a un niño, hasta los propios problemas de salud mental relacionados con la drogadicción y la prostitución. Sin embargo, esto no es excusa para que a las primeras familias de las personas adoptadas se les atribuya un abandono voluntario o una negligencia voluntaria.

Me resulta irónica la narrativa de la adopción y el lenguaje que se usa para hablar de nuestra experiencia y como se nos señalan patologías por no encajar en el mundo adoptivo. Se habla siempre de abandono, de buenos o malos adoptados, de “conflictos de lealtad”, de madres biológicas, de medicalización, de salvación, de  llegar dañados, de nuestra salud física como excusa para llevarnos lejos de nuestras familias. ¿Puede existir algo más reduccionista de nuestra experiencia que nombrar nuestros dolores sin escucharnos a nosotros directamente?

Cuando hablamos de adopción hablamos de SEPARACIÓN. Estamos hablando de que para formar una familia adoptiva hay que romper y separar a otra familia primero. Nuestra experiencia proviene de una ruptura muy traumática, sin importar las razones de la separación. Sigue siendo un golpe tremendo para nuestra autoestima y para nuestra salud mental. Reconocer esta realidad de base es lo primero que permitirá no caer en las frases típicas: “¡Qué bien que fuiste adoptado!”, “¡Estarás súper-agradecido con tu nueva familia!”, “Menos mal que fuiste adoptado, si no a saber dónde te encontrarías”. No hay declaraciones más invalidantes de la desolación que hemos tenido que pasar que alguien nos diga que debemos estar agradecidos por haber sido separados de nuestra familia o haber tenido que sufrir esta pérdida para ser cuidados.

Normalizar la adopción como algo bonito y bondadoso es una negación de nuestra historia. Es una invalidación de nuestra experiencia cuando nuestra procedencia NO es normal. De hecho lo normal es criarse dentro de tu propia familia, con personas que se parecen a ti, con personas de las que has nacido, con personas de tu mismo color de piel, con personas de tu misma cultura, con personas que hablan el mismo idioma o tienen las mismas identidades que tú. La adopción arranca todas esas posibilidades de nuestras manos, ¿por qué seguir edulcorando nuestras pérdidas? Si fuera normal todo el mundo sería adoptado, todas las personas entregarían a sus hijos en adopción para que pudieran vivir esta maravillosa experiencia.

Es curioso cómo se sigue vendiendo la adopción como otra forma más de formar una familia a través de su asimilación a la filiación biológica. Cómo se sigue jugando a las casitas y pretendiendo que somos los hijos biológicos de personas de las que no lo somos. ¡Hay tantos sinónimos de la adopción! Aquí va otro que en la narrativa predominante de la adopción, es decir, la de los adoptantes y quienes se lucran de nuestras pérdidas, jamás se han parado a pensar en ello porque les incomoda y les impediría seguir beneficiándose de las consecuencias de nuestro dolor: apropiación.

Adopción es APROPIACIÓN por mucho que la gente no quiera verlo y lo maquille de todas las formas posibles. La filiación biológica es el aspecto más importante de nuestra identidad, de las personas adoptadas y no adoptadas. Esta se establece, como sucede en todas partes, a través de los certificados de nacimiento a los que tienen acceso de forma libre y sin costes las personas que no han sido separadas de sus familias. Sin embargo, para las personas adoptadas este derecho fundamental a la identidad es negado a través de nuestros cambios de nombres y/o apellidos. La adopción borra literalmente nuestro origen y nuestra identidad. A partir del momento en que entramos a la adopción las personas que aparecerán como padres, además como únicos y verdaderos, serán los adoptantes. ¿Puede existir una negación más real de nuestra existencia en este mundo? ¿Cuál es el fin de eliminar nuestro origen? No hay otro más que el de ficcionar nuestra procedencia, haciéndola pasar por filiación biológica.

¿Qué os parecería perder a vuestra madre o a vuestro padre de repente y que entrara en su lugar otra persona totalmente extraña a vuestra vida y os dijera que a partir de ahora debéis llamarlo papá o mamá sin vuestro consentimiento? ¿Por qué eso suena a locura hacerlo con adultos, pero con niños no? ¿Por qué existe esta falsa creencia de que las familias son intercambiables y que los niños, cuanto más pequeños mejor, pues así no notarán la diferencia y además se adaptarán perfectamente, y si no lo hacen es que falla algo en ellos y no en el sistema?

No para de sorprenderme como se habla de la patologización de las familias adoptivas cuando en realidad la patología la sufrimos directamente las personas adoptadas, cuando se juega con nuestra salud mental a través de todos los instrumentos legales que borran nuestra identidad, jugando a la familia biológica y dejando nuestras propias necesidades de lado para acomodar el anhelo de tener hijos de personas adultas que no aceptan sus limitaciones físicas y/o emocionales. Porque seamos sinceros, somos un privilegio, una comodidad, porque para criar a un hijo se han de tener estos recursos, pero sobre todo los económicos.

Es una locura el juego psicológico y el experimento al que somos sometidos por parte de adultos para satisfacer sus deseos de formar una familia. Nos dicen que podemos ahora respirar tranquilos, que todo va a estar bien porque vamos a ser alimentados, vestidos, educados y aceptados porque fuimos “elegidos”. ¿DISCULPAD? ¿Acaso no tenemos que utilizar los apellidos de otras personas, acaso no tenemos que rodearnos de personas que no se parecen a nosotros, acaso no tenemos que estar agradecidos por haber perdido a nuestra familia en primer lugar?

La invalidación y negación de nuestras experiencias es tal, que muchas veces se compara nuestra crianza con la de las personas que se quedan dentro de sus familias. No pararé de repetirlo: NO SON LO MISMO. La base fáctica de la que se parte es totalmente diferente. Las herramientas de validación y la forma en la que creamos los vínculos con las personas extrañas que parecen habernos dado prioridad no son las mismas que en la crianza dentro de la familia biológica. Y digo parecen, porque en realidad nosotros no somos la prioridad, ¿si no qué hacemos en un hogar ajeno al nuestro? El vínculo afectivo en personas no adoptadas no parte del trauma de la separación ni del recordatorio constante de que no estamos en un sitio y con personas a las que no pertenecemos. Se pueden poner muchos parches, pero los malabares psicológicos para seguir funcionando de manera estable que nos hagan “olvidar” nuestro principio, nadie los puede negar.

Los detonantes de ese trauma de la separación tienen muchas formas y sucede así precisamente porque nadie nos prepara para que nos sintamos bien fuera del agua por mucho que nos digan que en tierra se está mucho mejor. Nuestra salud mental debe ser una prioridad en todos los estadios de nuestra vida, porque nosotros no amamos incondicionalmente. La creencia de que los niños se entregan sin reparo es tóxica y dañina, pues en el fondo, el proceso psicológico de renuncia a nuestras necesidades emocionales para satisfacer nuestras necesidades físicas, a cualquier precio, es una negociación dentro de nosotros mismos para adaptarnos al nuevo elemento que nos ha sido introducido de forma forzada en nuestras vidas.

Las concesiones que tenemos que hacer para sobrevivir no solo se implantan mientras crecemos, sino durante toda nuestra vida. Pues el conflicto identitario nos acompaña en todas nuestras experiencias, y desenterrar y resolver el trauma de la separación y de nuestra crianza suponen esfuerzos que todas las personas adoptadas no están preparadas para afrontar porque cada momento vital es crucial, ya sea para cuidar de nosotros mismos y procurar por nuestro futuro o por otras responsabilidades. El precio que pagamos por ser cuidados es demasiado alto.

NUESTRA IDENTIDAD NO DEBERÍA SER EL PRECIO A PAGAR PARA TENER UNA FAMILIA.

ADOPTAR ES UN PRIVILEGIO

Hay algo que no encaja

Recientemente he tenido una discusión acerca de por qué no apoyo la adopción y a causa de ello he perdido una amistad, aunque es posible que no sea la primera. Por lo que contar mi experiencia sobre adopción tratará de concienciar, pero fundamentalmente de estar en paz conmigo misma. De poner en orden lo que siento y lo que pienso. De ser coherente conmigo misma.

Seamos sinceros: HABLAR DE ADOPCIÓN DUELE. Significa no solo hablar de la incapacidad de no tener hijos, sino de la incapacidad de madres y padres para proveer por sus hijos, pero principalmente de las niñas y niños que han sido separados de su familia sea cual fuere la causa.

En estos momentos de crecimiento y procesamiento de mi propia adopción no me es fácil lidiar con personas que quieren adoptar, al menos si no es desde un punto de vista crítico y examinando lo que (nos) mueve a querer adoptar. Sí, yo también quise adoptar cuando era una niña y siendo una veinteañera que anhelaba convertirse en madre, porque eso siempre lo tuve claro, quise adoptar: devolver el favor que habían hecho por mí. Pero a medida que pasaba el tiempo y la herida que produjo la adopción se hacía más grande, tuve que mirar y ponerle atención a lo que me había pasado.

Llegué a la conclusión de que jamás podría adoptar, que no podría hacer pasar a otra persona por lo que a mí me habían enseñado: salvar a alguien. Ayudar a alguien en la otra punta del mundo para satisfacer mis propias necesidades emocionales.

Una vez comprendí como había llegado aquí y empecé a educarme sobre adopción simplemente llegué a comprender que la cuestión de fondo no era la de ayudar, sino la de realizar la fantasía de ser madre. Por ello creo firmemente que la adopción no es otra cosa que un medio para un fin, y no es el de proporcionar recursos y cuidados a niños y niñas vulnerables, sino precisamente el contrario: el de satisfacer las necesidades emocionales de las personas que creen que tener y criar un hijo es un derecho en vez de un privilegio. Por lo que partiendo de esa base, se esgrimen argumentos a favor de la adopción como los de “hacer algo bueno”  y “procurar una vida mejor” a los niños y niñas de países empobrecidos.

Es importante deconstruir esta narrativa, porque de otro modo, seguiremos reproduciendo este sistema sin que nuestras voces sean oídas y seguiremos repitiendo los mismos patrones que llevan a pensar que la solución para formar una familia es separar a los hijos de otros en momentos de crisis y escasez de recursos. Esa pobreza intrínseca se ha tornado entonces en la justificación por antonomasia de la adopción: vamos a salvar a niños pobres y necesitados porque nuestra cultura puede procurar muchísimo más.

Para conseguir ese objetivo y poder crear una familia hay que romper otra primero. Esta es una realidad muy incómoda de asimilar que se ha estado repitiendo durante décadas a través de las herramientas de coerción usadas en adopción internacional para llenar los orfanatos de niños y niñas adoptables. Esta realidad nos habla de lo que significa separar familias y representa la sustracción de niños de su entorno.

Frecuentemente, escucho que se justifica la adopción por el hecho de desear fervientemente ser madre o padre: el sueño de toda una vida. Sin embargo, ser progenitor biológico no es un derecho vital, sino una autorrealización dentro de nuestras posibilidades, ya sean económicas, físicas o emocionales. Solo a través de la aceptación de nuestras limitaciones es que podremos ofrecer verdadera ayuda a los que la necesitan, si es que ese es nuestro propósito: facilitar un hogar a los niños y niñas, empezando por los que habitan nuestros centros de menores dentro de nuestro propio país.

Cuando hablo de adopción suelo hacer énfasis en las motivaciones. Pensamos que la adopción se trata de adoptar a un bebé. Que la adopción se trata de una hoja en blanco o un borrón y cuenta nueva para el adoptado: que esto implicará una más pronta asimilación a la familia adoptiva, cuando en realidad suele suceder todo lo contrario. Tanto los bebés como los niños pequeños son seres que vienen con su propia historia y su propio linaje, no pudiendo convertirse en una proyección de los adoptantes.

La mayoría de adoptantes desean un bebé porque piensan que hay menos posibilidades de que se parezca a su familia de origen. De hecho, cuanto más lejos de esta mejor para que no exista ningún tipo de contacto. Esta es la razón por la que no se adoptan niños mayores ni del país de residencia de los adoptantes; además de la esperada maleabilidad propia de un ser tan pequeño y necesitado, también por el hecho de “copiar” lo máximo posible a la filiación biológica.

Si el pretexto para adoptar es ayudar a niños desfavorecidos, entonces los futuros adoptantes no le darían a la edad tanta importancia. Desafortunadamente, los niños mayores son los descartados para la adopción porque no entran dentro de los parámetros que buscan. Estos suelen querer un bebé que encaje dentro de esta narrativa de familia. Se trata de crear una familia a su gusto. Y esto proviene precisamente de no lidiar con los duelos de la infertilidad y de las limitaciones que tenemos como sociedad, creyendo de forma ingenua que esta será la solución a sus problemas emocionales.

La adopción internacional es un negocio. Es una mercantilización legalizada de niños que ocurre en todo el planeta, de los países empobrecidos a los países ricos. Los empobrecidos tienen menos posibilidades de criar a sus hijos en condiciones óptimas, pero eso no justifica la separación de las familias. Fomentar que las generaciones futuras prosperen en un país distinto no es la solución para el propio crecimiento del país de origen.

Nos encontramos entonces con un intercambio de niños y niñas incentivado por los recursos destinados a la adopción internacional: en estos mismos países no se promueven ni por los orfanatos ni por las agencias de adopción la ayuda económica ni emocional para la permanencia en el entorno ni dentro de las familias.  Los orfanatos reciben financiación por cada niño o niña que recogen, existiendo sobrepoblación de los centros de menores. Un control sobre esta financiación permitiría a los niños permanecer en sus países de origen. Una red de apoyo a las familias biológicas les permitiría vivir dentro de sus comunidades. La verdadera ayuda vendría de procurar guarderías, escuelas y hospitales públicos que permitan la permanencia con sus familias.

Pero este no es el interés subyacente, porque este no es otro que el beneficio económico. Por ello siguen vigentes las prácticas de amenaza e intimidación a las madres expectantes cuando sus recursos son limitados; y consecuentemente siguen existiendo organizaciones que consiguen identificar y sustraer con promesas de adopción abierta a niños de familias empobrecidas. Todos trabajando coordinadamente para conseguir mover su producto: la venta de niños, porque exactamente no tiene otro nombre este incesante éxito que ha sido la adopción internacional.

Gracias a las nuevas regulaciones y a que las voces de las personas adoptadas se organizan para generar un cambio, algunas agencias de adopciones han sido prohibidas para intervenir en estas actuaciones y algunos países han cerrado sus fronteras para proteger a sus propios niños; pero esto no ha impedido que otras figuras hayan cogido el relevo como son los vientres de alquiler. Una evolución más de la adopción internacional. Otro método para conseguir el mismo fin: crear una familia al gusto.

CARTA I

A mis adoptantes

¿Alguna vez me habéis tomado en serio?

Supongo que llegados a este punto eso ya no importa. En el momento en que acabe de vomitar este desgarro solo necesitaré coger de la mano a mi niña interior y seguir adelante. Siempre he tenido muchas preguntas, pero la más grande y pesada de todas ha sido: ¿POR QUÉ?

En qué momento se os ocurrió que lo mejor para vuestra salud mental era adoptar. A quién de los dos se le ocurrió. ¿Uno arrastró al otro? ¿Fue a mi madre? ¿Puedo llamarla siquiera así? ¿Ejerció como tal? ¿O solo fue mi cuidadora en mis años más difíciles?

Me pregunto si esta misiva será una gran y larga interrogación, con muchos matices, pero al fin y al cabo una que ya no necesita respuestas. No porque las tenga todas, sino porque he encontrado una manera de aceptar que formasteis parte de mi vida lo quiera o no.

Hace poco que he empezado a compartir mi historia y resulta que todos o casi todos estamos igual. Removidos de nuestros hogares por puro azar. Echados a nuestra suerte como dados jugando al parchís. Este es tu turno. Estoy en la siguiente casilla y me comen porque me toca.

Una maldita lotería esto de la adopción. Quién me iba a decir que a pesar de estar tan bien integrada en esta sociedad de clase media-alta iba a sentir que no encajo por mucho que me esforzara. Quién me iba a decir que iba a absorber todas y cada una de vuestras manías y prejuicios como si fueran míos. Quien me iba a decir que me iba a sentir identificada con este país, pero no con el mío.

Quien me iba a decir que iba a querer yo siendo una niña devolver el favor y desear adoptar, para al final darme cuenta de que NO, IMPOSIBLE, ¿te has vuelto loca? ¿Cómo voy a desarraigar a alguien de su familia en su peor momento cuando precisamente yo he vivido esa experiencia?

En tierra de nadie. Así es como crecería esa persona. Y por supuesto no le estaría haciendo ningún favor. Le estaría exponiendo a una tortura psicológica de lo más enrevesada que uno pueda experimentar.

Siempre quise, aunque solo fuera por un segundo, que os pusierais en el lugar de aquella chica de veinte años. Esa que se quedó sola y sin ningún apoyo y que tuvo que enfrentarse a este mundo machista con tres niñas bajo el brazo, siendo presionada para entregarnos y  para que encontrara trabajo y marido en tres meses, porque de otro modo no podríamos permanecer juntas.

No estábamos solas. Aunque nuestro padre ya no estuviera con nosotras, no estábamos solas. Descubrí que le había pasado a él y al resto de su familia. Y a pesar de la violencia, habríamos tenido una oportunidad. La habríamos tenido si el sistema no estuviera corrupto desde su origen. ¿Habríais aceptado entonces nuestra adopción sabiendo que teníamos familiares que podían hacerse cargo de nosotras?

¿Habríais actuado de forma diferente si hubierais sabido la verdad y os hubieran educado con una mentalidad más abierta sobre la adopción? ¿Habríamos visitado Colombia? ¿Habríamos mantenido un contacto con nuestra madre? ¿Habríamos sentido que pertenecíamos a pesar de todo?

Todo habría sido diferente. A lo mejor no habríamos partido de cero. A lo mejor yo no hubiera odiado a aquella chica de veinte años por otros veinte. A lo mejor habríamos crecido unidas entre nosotras y a vosotros. A lo mejor vincularse y buscar no habrían dolido tanto.

Nosotros tenemos las respuestas

#Notathing

¿Has sabido algo de tus ‘verdaderos padres’? ¿Has empezado ya a buscarlos? ¿Sabes por qué te dieron en adopción? Pero nunca: ¿cómo ha sido esta experiencia para ti? ¿Te ha resultado difícil adaptarte?

¿No es irónico que se defienda la aceptación e inclusión de las familias adoptivas cuando existe un conflicto de identificación que niega nuestro pasado y nos compele a ser como una familia biológica? ¿No es irónico que el tiempo de espera en la adopción sea asemejado al momento del embarazo y la búsqueda en el país de origen sea el momento del parto? ¿No es irónico que la preparación para la llegada del niño o niña proceda de la idealización de una persona que tiene un pasado no relacionado con las personas que lo adoptan?

¿No es curioso el miedo que tienen las familias adoptivas a las familias biológicas? ¿No es curioso que exista un género dentro de las películas de terror en las que los hijos adoptivos se rebelan contra sus adoptantes o estos temen por la aparición de la madre biológica reclamando a los suyos? ¿No es curioso que para formar una familia uno sea capaz de llegar hasta la última frontera física y ética para pagar lo indecible por conseguir cumplir esta fantasía?

¿No dice mucho de esta concepción de la adopción que cuando una pareja o persona decide adoptar lo primero que preocupe sea que el niño o niña vaya a venir con problemas? ¿Qué la siguiente pregunta que surja sea si va a seguir en contacto con su familia biológica? O ¿por qué las esperas son tan largas?

¿A nadie se le ha ocurrido que la experiencia de la adopción es una experiencia vital larga y que no nos quedamos en la fase del niño-adoptado? ¿A nadie se le ha ocurrido que no necesitamos ser protegidos mediante el desarraigo de nuestro origen? ¿A nadie se le ha ocurrido que el afecto no puede crecer desde la negación del pasado y la pretensión de ser algo que no somos?

¿A alguien le preocupan las miles de formas que toman las rupturas dentro de las familias adoptivas? ¿Alguien se ha planteado que crecemos en familias en las que los vínculos legales siguen vigentes a pesar de no existir vínculos afectivos? ¿Alguien se ha preguntado si al adoptar tendrá la seguridad de que la historia de su hijo o hija procede realmente de una decisión no coaccionada y libre? ¿Realmente a alguien le interesa ayudar o solo satisfacer sus propias necesidades emocionales?

¿Por qué todo el que se aproxima a la adopción quiere bebés o niños pequeños cuando los que realmente necesitan de un sentido de pertenencia son los que habitan nuestros centros de menores? ¿Por qué cuando una adopción falla pasamos a formar parte de esos mismos centros sin posibilidad de conectar con nuestra familia biológica? ¿Por qué cuando nuestra vida ha sido desgarrada y abusada de todas las formas necesitamos el consentimiento de los que nos adoptan para terminar esa farsa? ¿Por qué si llegamos dañados emocionalmente y no recibimos ayuda pueden devolvernos o deshacerse de nosotros como si fuéramos mercancía defectuosa?

¿Alguien se ha preguntado si realmente la adopción internacional nos protege o es una forma velada de romper y empobrecer familias para enriquecer los recursos humanos de los países privilegiados?

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: